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  1. Para la mujer
  2. Fe ('Aquidah)

¿Quién es el autor del Corán? - II

¿Quién es el autor del Corán? - II

 

 

 

EL BENEFICIO MATERIAL COMO MOTIVO

Por más argumentos que se usen, la forma más fácil no es siempre la mejor. Muchos dirán: “Tal vez Muhammad estaba tras el premio mayor; por eso atribuyó el Corán a Dios para poder enriquecerse aún más”. Esta hipótesis va en contra de toda verdad histórica. La situación económica de Muhammad era mejor antes de la profecía que después de ésta. A sus 25 años (15 años antes de proclamar su profecía) se casó con Jadiya, quien era una rica comerciante. En cambio, después de la profecía, su nivel de vida y su posición financiera no eran nada envidiables.

En una compilación de hadices (dichos y hechos de Muhammad) realizada por An-Nawawí, una de las esposas de Muhammad, Aisha, relata que a veces pasaban uno o dos meses sin que se encendiera fuego en su casa porque no tenían nada que cocinar. Sobrevivieron sólo con dátiles y agua. Algunas veces, esta dieta era complementada con leche de cabra que proveía la gente de Medina[1]. Martin Lings dice en su libro “Muhammad: Su vida basada en las fuentes más antiguas”:

“El Profeta y su familia vivieron una vida en la más extrema sobriedad. Aisha dijo que antes de la conquista de Jaibar, ella no conocía lo que era comer hasta llenarse de dátiles. Tal era la pobreza de sus siempre en aumento dependientes, que las esposas del Profeta sólo le pedían lo necesario, y a veces ni eso[2]”.

Esto no fue sólo un sacrificio temporal, sino que era su forma de vida y ocurrió en una época en que Muhammad podía vivir como rey, si así lo deseara. De hecho, hubo un tipo de protesta de parte de sus esposas porque debían seguir viviendo en pobres condiciones cuando lo podían hacer lujosamente[3]. Muhammad se vio perturbado por este descontento, entonces una revelación vino ordenándole decir a sus esposas que eligieran a Dios y a Su mensajero, o que escogieran el brillo pasajero de este mundo:

{¡Oh, Profeta! Dile a tus mujeres: Si preferís la vida mundanal y sus placeres transitorios, venid que os dejaré en libertad [divorciándoos] de buena forma. Pero si preferís a Al-lah y a Su Mensajero, y la morada que os aguarda en la otra vida, ciertamente, Al-lah tiene una magnífica recompensa para quienes de ellas obren el bien} [Corán 33: 28-29]

Dice Omar bin Al-jattab al describir la habitación de Muhammad:

“Noté que todo cuanto tenía en su cuarto eran tan sólo tres piezas de cuero curtido y en una esquina un puñado de cebada en el suelo. Miré alrededor pero no pude encontrar nada más y comencé a sollozar; él (Muhammad) dijo ¿Por qué estás sollozando? Yo respondí: ¡Oh Profeta de Al-lah! ¿Por qué no debería sollozar? Puedo ver las marcas que deja la estera (debido a su dureza) en tu cuerpo y también contemplo todo lo que posees en este cuarto; ¡Oh Profeta de Al-lah! Ruega para que Al-lah nos dé amplias provisiones. ¡Los persas y los romanos que no tienen fe verdadera y que no adoran a Al-lah sino a sus reyes - El César y Cosroes - quienes viven en (palacios con) jardines atravesados por arroyos, pero el Profeta escogido y reconocido siervo de Al-lah debe vivir en tan terrible pobreza! El Profeta estaba recostado descansando contra su almohada; pero cuando me oyó hablar así se sentó y dijo: ´¡Oh Omar! ¿Aún dudas en cuanto a este asunto? El lujo y la comodidad en el Más Allá son mucho mejores que el lujo y la comodidad en este mundo. Los incrédulos están disfrutando su parte de las cosas buenas de esta vida mientras nosotros tenemos esas cosas esperándonos en la próxima´. Le imploré: ¡Oh Profeta de Al-lah! pide perdón para mí, fue realmente mi error[4]”.

Alguien había preguntado también a Aisha sobre el lecho del Profeta en su casa; su respuesta fue:

“Está compuesto por cuero rellenado con tallos de palmera datilera[5]”.

Como vemos, las privaciones que pasaba Muhammad se las imponía él mismo; cuando recibía un regalo (en una ocasión recibió cuatro camellos con sus cargas del Jefe de Fidak) él mismo lo distribuía entre los pobres y rechazaba quedarse con algo de él[6]. Al morir, Muhammad no tenía un centavo. Tuvo siete dinares en su posesión, pero días antes de fallecer los hizo distribuir entre los pobres temiendo que fuera a olvidarlos[7].

También se transmitió que en el momento de su muerte, y a pesar de todas sus victorias y logros, Muhammad estaba endeudado, ¡y su escudo estaba en manos de un ciudadano judío de Medina como garantía por su deuda[8]!

Hay muchas otras citas que muestran que Muhammad vivió una vida extremadamente sobria desde el inicio de su apostolado hasta su muerte[9]. Por lo tanto, la teoría de que de Muhammad perseguía algún beneficio material está en contra de la evidencia histórica. Como observa la “Nueva Enciclopedia Católica” al decir:

“Se ha dicho que la mera ganancia económica fue la inspiración para la revolución religiosa de Muhammad. Tal opinión no guarda relación alguna con los hechos tal como se los conoce[10]”.



[1] Abdur Rahman Shad. Riyadh-As-Salihin. Hadiz números 494 y 495. Pág. 323 y 324.

[2] Martin Lings. Muhammad: His life based on the earliest sources. Pág. 276.

[3] Ver por ejemplo: Martin Lings, Ibíd. Pág. 274, 279.

[4] H. Nizamuddin. The teachings of Islam. Pág. 49-50. Este episodio fue mencionado en Martin Lings, Op. cit., Pág. 279.

[5] Ibíd. Pág. 50. Cuando una pregunta similar le fue hecha a Hafsah ella dijo: “Estaba compuesto por un pedazo de lienzo que yo extendí doblándolo en dos debajo suyo. En una ocasión lo doblé en cuatro tratando de hacerlo más confortable para él. La mañana siguiente me preguntó “¿Qué fue lo que extendiste debajo mío anoche?” le respondí: “el mismo lienzo, sólo lo doblé en cuatro, en vez de hacerlo en dos como acostumbro”, él dijo: “Déjalo como estaba, la comodidad adicional se interpone entre mi y el Tahayyud (oración nocturna)”.

[6] Ibíd. Pág. 55-57. Ver la narración de Bilal.

[7] Hafiz G. Sarwar. Muhammad: The Holy Prophet. Pág. 367.

[8] Gamal Badawi. Muhammad´s Prophethood: An Analytical View. Pág. 8.

[9] Ver por ejemplo Abdur Rahman Shad, Op. cit. Hadices números 474, 475, 476, 477, 478, Pág. 315 -317.

[10] New Catholic Encyclopedia, Vol. IX, Pág. 1001.

 

 

 

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